Territorios de vida: una visita al Cañón del Caine, refugio de la Paraba Frente Roja

Pareja de Parabas Frente Roja, Fotografía: Nelson Fernández FUNDESNAP  

En los valles de Potosí, en la comunidad Cuñurani, colindante al Parque Nacional Torotoro, una alianza estratégica entre comunidades quechuas y la iniciativa hemisférica Conserva Aves impulsa la creación de un área protegida comunal de 10,000 hectáreas. Este esfuerzo busca contribuir a proteger a la paraba frente roja (Ara rubrogenys), una de las aves endémicas más emblemáticas y amenazadas de Bolivia. 

A las 05:30 de la mañana, el cañón del río Caine es una silueta monumental de sombras y penumbra, un cañón profundo que atraviesa los valles secos interandinos de Potosí. El aire es espeso y frío, pero el silencio dura poco. De las grietas profundas y las repisas de los paredones rocosos, un eco metálico y estridente rompe la madrugada. Son los primeros graznidos de la paraba frente roja, un despliegue de sincronización comunitaria que da inicio a la rutina diaria de una de las aves más emblemáticas y amenazadas de Bolivia. 

Antes de emprender el vuelo, estas aves se reúnen en los bordes superiores del cañón. Estiran sus alas de un verde encendido, matizadas por el rojo vibrante de sus frentes y hombros, y reciben los primeros rayos del sol en lo que parece una asamblea minuciosamente coordinada. 

La Paraba Frente Roja, endémica de los valles secos interandinos, es una especie paraguas, si la protegemos, cuidamos también a los bosques secos y la biodiversidad que albergan.

En un escenario crítico marcado por las amenazas del cambio climático, contribuir a su conservación es una prioridad urgente. 

A diferencia de otras grandes parabas, la Ara rubrogenys no forma bandadas permanentes de cientos de individuos; se organiza en núcleos familiares, parejas y pequeños grupos de entre 5 y 30 ejemplares que se articulan en zonas específicas de nidificación y comederos. 

 

Su alimentación nativa es una muestra de adaptación: buscan semillas y frutos de árboles del bosque seco como el soto (Schinopsis haenkeana), la jarca (Acacia visco), cactáceas como el cardón, y diversos algarrobos (Prosopis spp.). Tienen una particularidad asombrosa: a diferencia de otras parabas, bajan frecuentemente al suelo, caminando con destreza para recoger semillas caídas. 

Paraba Frente Roja alimentándose. Fotografía: Tomás Calahuma 

Los grupos de parabas nunca bajan la guardia. Mientras la mayoría se alimenta, uno o dos centinelas se plantan en las ramas más altas vigilando el cielo por si aparece un halcón o un águila. Al menor grito de alarma, el grupo despega en un instante. 

Desde muy temprano, antes de que la luz del día se establezca por completo, las parabas acostumbran concentrarse cerca de cultivos o en la chala de maíz. Se posan sobre el rastrojo o en el suelo y, caminando con gran destreza y en silencio, logran alimentarse del grano seco.

En los cultivos de maní ocurre algo similar: las parabas descienden al suelo y, mientras avanzan con habilidad, escarban para encontrar la semilla aceitosa, que constituye su alimento preferido.

Al mediodía, con un calor seco y sofocante el aire del cañón se vuelve denso y pesado, la actividad cesa de golpe. Entre las 10:30 y las 15:30, las parabas entran en el sesteo, un estado de reposo absoluto ocultas en la densa vegetación de quebradas secundarias para evitar la deshidratación. Es el espacio para la intimidad: las parejas —que practican una monogamia estricta de por vida— se acicalan mutuamente, reforzando un vínculo tan estrecho que incluso en pleno vuelo sus alas casi se rozan. Mientras tanto, los juveniles juegan en las ramas, ensayando mordiscos y balanceos. 

La vida de la paraba frente roja en el cañón está dictada por los cambios bruscos de temperatura —frío extremo en las mañanas y noches, y un calor seco y sofocante durante el día— y una estructura social inquebrantable. 

Hoy, este paraíso de la observación de aves se encuentra en una encrucijada. La zona enfrenta severas amenazas derivadas del cambio climático como aumentos de temperatura, disminución e irregularidad de lluvias. Además, existe un conflicto latente con la agricultura local: durante la época de cosechas de maíz y maní, las parabas rompen sus rutas nativas y visitan las parcelas agrícolas, provocando pérdidas económicas y tensiones con los productores locales. 

Nuevo territorio de vida 

Por las razones descritas, el proyecto en Cuñurani cobra un valor histórico: la cuenca del río Caine alberga el 15,6% de la población global de parabas frente roja, incluyendo el PN Torotoro y áreas más al norte.

El proyecto de creación de esta área protegida está respaldado por el monitoreo mensual continuo que el Centro de Estudios en Biología Teórica y Aplicada (BIOTA) realiza desde octubre de 2024, enfocado en el registro y protección de sus sitios de anidación para comprender su  forma de vida. 

Conscientes de que conservar la naturaleza requiere soluciones integrales frente a los desafíos del hábitat, las acciones de BIOTA van más allá de la investigación científica. Para reducir los conflictos entre los agricultores y la paraba frente roja, se han destinado parcelas de cultivos de maíz, maní y vegetación nativa orientadas a asegurar su alimentación.

Mediante la implementación de estas parcelas, BIOTA y los actores locales promueven condiciones para la permanencia de esta emblemática ave en su entorno natural y una convivencia más sostenible entre las comunidades y la vida silvestre.

Por otra parte, la iniciativa ha trabajado en un Plan de Restauración del Bosque Seco Interandino, donde se instalaron más de dos kilómetros lineales de cercas de protección por, riego tecnificado y un vivero comunal con 3.000 plantines de especies nativas con las cuales se reforesta este importante ecosistema.  

Las especies vegetales seleccionadas para el vivero comunal, por su importancia en la dieta de la paraba frente roja incluyen: el soto (Schinopsis haenkeana), la tipa (Tipuana tipu), el ch’añara (Sarcomphalus mistol), el jacarandá (Jacaranda mimosifolia), el kullki (Prosopis kuntzei), el itapallu (Cnidoscolus tubulosus), entre otras.

BIOTA, en estrecha colaboración con las comunidades y  la iniciativa internacional Conserva Aves, está impulsando la creación de un Área Protegida Comunal en Cuñurani. El objetivo es ambicioso pero urgente: consolidar un santuario subnacional de 10,000 hectáreas. 

Por otra parte, se está trabajando en temas de fortalecimiento y capacitación en turismo comunitario, aviturismo, guiaje, mejora de senderos, mantenimiento de miradores naturales y señalización.  

En coordinación con la escuelita de Qhewayllani, también se desarrollan actividades de educación ambiental orientadas a la observación de aves, donde niños y niñas aprenden a reconocerlas y a comprender su importancia dentro del equilibrio de la naturaleza.

Imágenes inolvidables acompañadas de un mágico presente 

Tras una larga y exigente caminata bajo el sol implacable del valle, el esfuerzo encontró su recompensa en un instante irrepetible: la presencia de un individuo majestuoso, posado en lo alto de un soto, dominando el paisaje con calma soberana. Minutos después, su despegue —amplio, elegante, imponente— quedó registrado en vuelo, como una escena que resume la esencia misma de la vida silvestre.

Este encuentro con la biodiversidad, breve pero contundente, es también un recordatorio de lo que está en juego: la fragilidad y el valor irremplazable de esta especie en su entorno natural. Sin embargo, el momento guardaba aún una última revelación. Al pasar sobre la lente de la cámara, el ave dejó caer una pequeña pluma, un gesto fortuito que se transforma en símbolo. Más que un objeto, fue una señal, un premio íntimo y silencioso: un momento que resume el valor simbólico y ecológico de proteger esta especie y su territorio. 

 

Las áreas protegidas subnacionales no son solo líneas en un mapa; son, como bien afirma el lema de Conserva Aves, verdaderos territorios de vida. La supervivencia de la paraba frente roja en el Cañón del Caine depende hoy de la continuidad de estas alianzas entre la ciencia, el financiamiento internacional y la sabiduría de las comunidades quechuas. Proteger su vuelo es asegurar que las futuras generaciones despierten, también, con el eco salvaje y libre del bosque seco interandino. 

Comunarios Cuñurani en plaza de Huellas. Fotografía: Nelson Fernández 

Identidad quechua y conservación 

El éxito de la conservación en Cuñurani radica en que no se plantea desde el aislamiento, sino desde la inclusión y el empoderamiento comunitario. Territorialmente, el proyecto abarca a cuatro comunidades quechuas. Estos comunarios no solo actúan como los guardianes e intérpretes de la ruta de la paraba, guiando a investigadores y visitantes por los senderos empinados del cañón, sino que integran la biodiversidad en su propia matriz económica y cultural. 

A través de su centro artesanal ubicado en el municipio de Torotoro —el núcleo turístico más cercano—, las comunidades exponen y venden tejidos y artesanías inspiradas en su entorno a compradores de distintas partes del mundo. La propuesta del área protegida busca precisamente eso: potenciar el ecoturismo regulado, promover la reforestación con especies nativas y asegurar que los beneficios de la conservación fortalezcan la economía local. 

Conserva Aves: Una estrategia hemisférica con raíces locales 

El esfuerzo en Cuñurani no es un hecho aislado, sino parte de una visión audaz que busca conectar la conservación desde México hasta Chile. Conserva Aves es una iniciativa liderada por una coalición hemisférica de peso global: American Bird Conservancy, Audubon, BirdLife International, Birds Canada y la Red de Fondos Ambientales en Latinoamérica y el Caribe (RedLAC). Inspirada en el exitoso programa Conserva Colombia (que creó 95 áreas protegidas entre 2009 y 2017), la iniciativa nació gracias a una alianza estratégica y un capital semilla otorgado por Bezos Earth Fund

Conserva Aves crea, consolida y fortalece más de 100 áreas protegidas subnacionales —municipales, comunales, étnicas o privadas— con el objetivo de cubrir más de dos millones de hectáreas en nueve países de Latinoamérica. Las aves constituyen el eje de esta iniciativa, porque funcionan como perfectos bioindicadores del planeta. Al ser fáciles de escuchar y observar, y altamente sensibles a los cambios ambientales, su salud refleja directamente la salud de todo el ecosistema. Al proteger a la paraba frente roja, se resguarda el agua, los bosques secos y la biodiversidad que sostiene a las comunidades humanas. Además, esta iniciativa se erige como un aliado crucial en la Meta Agenda 30×30, el compromiso internacional para proteger el 30% del territorio clave del planeta al 2030.